He dejado atrás la Rúa Mayor y también la Plaza de Anaya. Pegado a los muros de la Universidad, el frío cortante y húmedo de Salamanca me golpea la cara, áspero y familiar, como solo puede serlo en esta ciudad. Agarro con fuerza la carpeta para que el viento, ese que siempre sopla traicionero junto a la Catedral, no me la arranque de las manos.

Al fondo, las luces de La Covacha parpadean como un faro familiar: el destino está cerca. Uno camina debatiéndose entre las ganas de llegar al calor de la residencia y la pereza —o quizá la intriga— de descubrir qué nos tendrá preparado para cenar el “tito Truman”.

Subo las escaleras, abro la puerta y dejo mis cosas en la habitación. Nacho aún no ha llegado y el pasillo está en calma, con ese silencio de invierno que parece envolverlo todo. Aprovecho para encender el PC y meter el CD que me había comprado el fin de semana anterior.

Suena The Universal, de Blur.

Cierro los ojos y sonrío socarronamente, como quien sabe —sin saberlo— que está entrando en una etapa que le marcará para siempre. Porque allí, entonces, sentías que las cosas realmente podían pasar. Que cualquier día —ese mismo día, quizás— podía ser tu día de suerte.

Well here’s your lucky day…

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